Durante los últimos años, las zapatillas "maximalistas" han conquistado los pies de millones de corredores y deportistas en todo el mundo. Con suelas que superan los 30 o incluso los 40 milímetros de grosor y materiales de espuma de última generación como el PEBA o el EVA reactivo, prometen absorber cada impacto y proteger tus articulaciones de cualquier daño. Sin embargo, la podología deportiva moderna está empezando a levantar una voz de alarma que vale la pena escuchar: demasiada amortiguación puede estar haciéndote más daño que bien.
Cómo funciona el pie cuando corre
El pie humano es una obra maestra de la ingeniería biomecánica. Está compuesto por 26 huesos, 33 articulaciones, más de 100 músculos, tendones y ligamentos, y una estructura fascial (la fascia plantar) diseñada para comportarse como un muelle que absorbe y devuelve energía en cada zancada. Cuando pisas el suelo, la bóveda plantar se aplana ligeramente, almacena energía elástica y la libera en la fase de propulsión.
Este sistema funciona de forma óptima cuando el pie recibe información del suelo, cuando puede sentir la superficie, deformarse con ella y activar los músculos intrínsecos (los pequeños músculos situados dentro del propio pie) que son los responsables de estabilizar la bóveda plantar. El problema es que una suela de 35 milímetros de espuma blanda hace exactamente lo contrario: desconecta el pie del suelo y elimina la mayor parte de esa retroalimentación sensorial.
La musculatura intrínseca del pie: el gran olvidado
La podología deportiva lleva años advirtiendo de que el uso continuado de calzado con excesiva amortiguación y soporte lleva a la atrofia progresiva de los músculos intrínsecos del pie. Al igual que un brazo escayolado durante semanas pierde masa muscular porque no necesita trabajar, los músculos del pie dejan de reclutarse activamente cuando la suela hace su trabajo por ellos.
El resultado a largo plazo es un pie débil, con poca capacidad de estabilización dinámica, que depende de la zapatilla para no colapsar en cada zancada. Y aquí reside la paradoja: la zapatilla que prometía protegerte se convierte en un soporte del que ya no puedes prescindir, porque sin ella tu pie ya no tiene la fuerza para sostenerse solo.
La fascitis plantar y su relación con el calzado
La fascitis plantar es una de las lesiones más comunes en corredores, y su incidencia ha aumentado en paralelo con la popularización del calzado maximalista. La fascia plantar, al no necesitar trabajar como amortiguador natural porque la suela hace esa función, pierde elasticidad y resistencia progresivamente. Cuando por alguna razón el deportista cambia de calzado, aumenta la carga de entrenamiento o simplemente el pie se ve sometido a un esfuerzo mayor del habitual, esa fascia debilitada responde con inflamación y dolor.
Además, las suelas muy gruesas alteran la biomecánica de la zancada al modificar el ángulo de tobillo y rodilla en el impacto, lo que puede generar sobrecargas en puntos que no estaban diseñados para recibirlas. Varios podólogos deportivos han documentado un aumento de las lesiones de tobillo en usuarios de zapatillas maximalistas, ya que la inestabilidad lateral de las suelas muy altas dificulta la propiocepción y aumenta el riesgo de esguinces.
¿Hay que tirar las zapatillas maximalistas?
La respuesta honesta es: no necesariamente. El calzado de alta amortiguación tiene contextos donde es útil. En largas distancias (maratones, ultratrails), donde la fatiga muscular acumulada hace que la técnica de carrera se deteriore en los últimos kilómetros, un mayor amortiguamiento puede reducir el impacto en articulaciones ya fatigadas. También puede ser beneficioso para personas mayores o con ciertas condiciones articulares.
El problema es usar este tipo de calzado de forma exclusiva y en todos los contextos, sin trabajar activamente la fuerza del pie. La solución que proponen los podólogos deportivos no es radical ni costosa: se trata de complementar el entrenamiento con ejercicios específicos de fortalecimiento del pie (elevaciones de talón unipodales, recogida de objetos con los dedos, caminatas con el pie descalzo sobre superficies naturales) y, si el cuerpo lo permite, incorporar gradualmente sesiones de carrera con calzado de menos amortiguación o incluso descalzos sobre superficies blandas.
El pie necesita ser desafiado para mantenerse fuerte. Protegerlo en exceso, paradójicamente, es una forma de debilitarlo.